lunes, 29 de noviembre de 2010

Los poemas que sobrevivieron al horror

Se presentó el audiovisula con las poesías de Alejandro Almeida, desaparecido.

Junto a otras Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, Taty Almeida presentó el DVD donde artistas ponen palabras y música a versos de su hijo. “Nuestros hijos son parte de la historia de todos”, dijo Taty Almeida, para quien el trabajo es un homenaje a los 30 mil desaparecidos.
 
El patio de La Manzana de las Luces está lleno y, en el centro, ella saluda, se abraza con la gente. Otras madres del pañuelo blanco rodean a Taty Almeida, minutos antes de la presentación del audiovisual que puso en imágenes y sonido los poemas de su hijo desaparecido, Alejandro Martín Almeida. Todos llegaron puntuales, también Ignacio Copani, Gastón Pauls, Arturo Bonín y la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela Carlotto. Luego de la lectura de las adhesiones, Copani cantó: “Ay madres mías, Madres que fueron por sus hijos bien paridas”, dice la letra de “Madres mías”. Y así se define Almeida, parida por su hijo.

El audiovisual comienza con ella explicando “a modo de presentación” que no sabía de la veta poética de Alejandro y cómo encontró los 24 poemas que tenía en las últimas páginas de su agenda, al día siguiente de su desaparición, aquel 17 de junio de 1975. “Comencé a leerlas, a hojearlas... qué dulces algunas, qué contenido político otras, y... Dios mío, me encuentro con la que me escribiste el 13 de enero de 1975, qué dolor, qué angustia, era una despedida por si algo te pasaba, y vaya si te pasó, te de-sa-pa-re-cie-ron, mi amor, te arrancaron de nuestras vidas, tenías sólo 20 años”, dice Taty frente a la cámara y el micrófono del director Pascual Spinelli, del Colectivo Entreletras.

“Muchos años después comprendí tu compromiso político social, vos sabías que yo no tenía ni idea de lo que ya se estaba gestando, el golpe militar más sangriento de la historia argentina, me costó pero aterricé, un aterrizaje cruel, desesperado”, sigue esta Madre de Plaza de Mayo de la Línea Fundadora para dar cuenta de su forzado nacimiento como militante, con viraje ideológico incluido. Dice que Alejandro le decía “gorilita de mierda”, y en una carta le escribió, para despedirla en un viaje que emprendió a Europa, “lo que este hijito zurdeli siente por vos (...) un beso grande como mi amor por la revolución”.

Al hijo de Taty Almeida lo inspiraron sus amores (“quisiera decirte negra que estaremos juntos cuando me vaya lejos, que estarás conmigo si te vas primero”), su rabia por la injusticia social (“hombre que hoy te encierran por defender tu tierra... hombre yo no te conozco pero hoy escribo porque te siento”) y su compromiso político (“Trelew no has sido aplastado sino mira al pueblo cómo se está armando”).

Alejandro Martín Almeida militaba en el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y trabajaba como cadete en el sector publicidad de la agencia Télam. Su hermana Fabiana aparece en el audiovisual leyendo algunos de los poemas, junto a Alfredo Alcón, Cristina Banegas, Arturo Bonín, Manuel Callau, Patricio Contreras, Ignacio Copani, Rubens Correa, Manolo Franco, Daniel Fanego, Eduardo Galeano, Norberto Gonzalo, Juan Palomino, Víctor Heredia, María Ibarreta, Virginia Lago, Rubén Lozano, Leonor Manso, Ernestina y Federica Pais, Adriana Varela, Gastón Pauls, Raúl Rizzo, Ismael Serrano y Joan Manuel Serrat.

En 2008, al cumplirse 33 años de su desaparición, había nacido el libro Alejandro por siempre... amor, con los textos originales de puño y letra, y en su presentación se gestó la idea de que Taty eligiera personalidades para plasmar esas letras en un DVD. Cada poema leído cobra nueva dimensión con dibujos y pinturas y una base musical que va del tango al rock nacional, salvo para el que fue dedicado a Taty, que lee y también musicaliza Serrat, con “Para la libertad”. Anoche, en el Salón de los Representantes, ése fue un momento culminante, con los presentes aplaudiendo de pie, emocionados, y Taty de nuevo abrazada, ahora con los hijos que le quedan, con los amigos íntimos, con los compañeros.

“Hace tiempo que entendí que nuestros hijos son parte de la historia de todos, por eso, hicimos este DVD con la participación de tanta gente que ayuda a que se conozcan estos textos que dejó mi hijo como testimonio de la sensibilidad de su generación”, reflexionó Taty Almeida al explicar que el trabajo se realizó en homenaje a los 30 mil desaparecidos.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Responsabilidad subjetiva de las víctimas de la apropiación

La decisión de la niña

A partir del caso de una niña, víctima del terrorismo de Estado, que fue capaz de reaccionar ante su apropiador, la autora reflexiona sobre la responsabilidad subjetiva que concierne, también, a las víctimas; al trasluz puede leerse la referencia a “jóvenes apropiados que, por el momento, consienten en ser usados como objetos de goce”.
Por Jacquie Lejbowicz *

Hoy, aquí, en la Argentina, faltan textos enteros del tejido social. Tejido roto porque hay nombres cuyos cuerpos faltan. Y también hay cuerpos adosados a nombres falsos, cuerpos expropiados de sus verdaderos nombres y de sus verdaderos lazos, y por tanto sin verdadero acceso a la vida, a estar en el mundo. Y esto no puede ser desconocido a la hora de intentar dar cuenta de lo que circula entre generaciones. Es difícil pensar que no vaya a tener efectos sociales y a producir catástrofes subjetivas el que haya todavía nietos circulando con nombres falsos, otrora niños expropiados de sus padres. Desalojados de deseos que no eran anónimos, los de sus padres, e incrustados en familias de apropiadores. Pero también tiene y tendrá poderosos efectos el deseo decidido de quienes buscan la restitución.

Tener un cuerpo incluye una dimensión jurídica que vuelva a anudarle un nombre, y la decisión cívica de restituir sujeto al religarlo a su historia, a la de quienes le dieron vida y existencia, y a sus familias. Pero también es fundante cómo ese sujeto devastado, expropiado de su historia, se decide o no a ligarse a lo verdadero. Ahí es donde se termina de efectuar la dimensión ética.

Dice Walter Benjamin: “El pasado contiene un índice temporal que lo remite a la salvación. Hay un secreto acuerdo entre las generaciones pasadas y la nuestra. Hemos sido esperados en la tierra. A noso-tros, como a las generaciones que nos precedieron, nos ha sido dada una débil fuerza mesiánica sobre la cual el pasado tiene un derecho”. Es esa fuerza mesiánica, ese heliotropismo secreto, llámese confianza, valentía, humor, audacia –según términos de Benjamin–, o llámese deseo, fuerza inconsciente, decisión del sujeto, esa fuerza es el corazón de aquello que intentan atacar los apropiadores, cuando buscan reducir al sujeto a una posición de objeto del cual disponer.

Por eso la restitución se termina de efectuar verdaderamente cuando quien pudo salir y trasponer el límite del nombre ajeno y usurpatorio para acceder al propio, se encuentra con el deber ético, como sujeto de derecho, de dar testimonio. Ese testimonio es un renacimiento del sujeto que le permite volver a la vida y al mundo cuando lo que intentaban era reducirlo a lo in-mundo. Los testimonios de quienes salieron de los campos de extermino nazi –Robert Antelme, Primo Levi, Jorge Semprún–, cada uno con sus particularidades, dan cuenta de esto.

Quien ha sido víctima también tiene una responsabilidad, un deber cuyo cumplimiento le devuelve la dignidad que se le ha intentado arrebatar.

Sin embargo, la posición de algunos jóvenes apropiados es, por el momento, la de rechazar lo que entre generaciones se transmite; consienten, por el momento, en ser objeto de goce de otros, en ser usados como hijos de alguien que dispone de progenie ajena para su perversa satisfacción personal. Deso-yen y desmienten, por el momento, el heliotropismo secreto del que Benjamin hablara, lo que reprimido debería retornar, las risas, las palabras, los olores de sus padres. En cambio, por el momento, eligen permanecer en un tormento de culpas, como quien viste una ropa interior con mugre ajena.

El psicoanálisis de una niñita, que Alicia Lo Giúdice relata en “Lo que se restituye en un análisis” (en Psicoanálisis de los derechos de las personas, varios autores, ed. Tres Haches), da cuenta de cómo una de las primeras nietas restituidas asumió, aun en su primera infancia, la tremenda responsabilidad subjetiva de retomar decidida su historia, el secreto acuerdo entre generaciones que el terrorismo de Estado le había intentado birlar. La niña, con títeres que confeccionan con su analista, va armando el siguiente relato: “Una pollita se va a pasear con sus hermanos y su mamá, y se pierde, encuentra una casa en la que había gente grande y, como la invitan a pasar, entra y se queda y se olvida de volver. El papá gallo, la mamá gallina y sus hermanos salen a buscarla pero no la encuentran. La pollita, después de mucho tiempo, se da cuenta de que se había quedado en una casa que no era la suya y decide volver. No encuentra el camino, pero después de muchas cosas logra encontrar su casa. Tenía mucho miedo de que el papá estuviera enojado, pero el gallo primero la reta, luego la perdona y la pollita puede irse a jugar con sus hermanos, a los que les cuenta todo lo que había pasado cuando se había perdido”.

Este relato le llevó varias sesiones, en las que pudo rearmar su historia y darse alguna explicación acerca de lo que le había pasado: era chiquita y sus papás no podían ayudarla porque estaban desaparecidos. Sí la pudo encontrar su abuela, “que es más famosa que yo”, dice la nena.

Esta niña, en su tremenda dignidad, se hace responsable de sí, responde cómo es que se había perdido y vivido en una casa ajena en una época en que, dice, “era un poco tonta”. Nombra así la desaparición forzada de sus padres y la voluntad poderosa de su abuela.

Responde, no porque se plantee culpable sino, por el contrario, porque no consiente en quedar en el lugar de objeto en que los captores la habían situado; decide restablecer su dignidad de sujeto y asumir, de manera dolorosa pero audaz, las consecuencias de su propia historia, armando con los pollitos el trayecto vital de la vuelta a casa.

Dice Benjamin: “Articular históricamente el pasado significa adueñarse de un recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro”. No se trata de una reconstrucción histórica punto por punto, sino de destellos, pequeños latidos en que surge algo de lo verdadero, lo que sucedió (con su borde inexplicable, imposible e inadmisible). En este caso se trata, sobre todo, de cómo lo que sucedió hizo marca en esa niña. Y, a la vez, de lo que ella va pudiendo hacer con esas marcas: producir reescrituras sucesivas de su nombre, reclamar al juez que le restituya su documento de identidad, crecer acorde a su edad verdadera y no acorde a la edad que el captor le había asignado. Retomar las marcas que sus papás dejaron.

Hay un acto último, y a la vez inaugural, que esta niña realizó y contó luego a su analista; un acto que marca un antes y un después. En una ocasión en que el apropiador la espera frente a su casa y la llama por su nombre, ella sale corriendo, pero antes se da vuelta y le saca la lengua. “Fue lo único que se me ocurrió”, dice.

La lengua es la patria y la memoria que destella y vuelve en pequeñas escenas. Dice Jacques Lacan: “El inconsciente es la manera que tuvo el sujeto de estar impregnado por el lenguaje (...), la manera en que le ha sido instilado un modo de hablar, que no puede sino llevar la marca del modo bajo el cual lo recibieron sus padres”. Aquel gesto tiene una enorme significación; ese pequeño acto simbólico de sacarle la lengua al captor, evidencia en la niña su audacia de no haber consentido al intento de arrebatarle en lo real su lengua, su nombre, su filiación, su historia. Y ese acto le señala al apropiador que es él quien ya no podrá contar con la posibilidad de su propia lengua, ya que su acto lo deja excluido de la verdadera existencia.

Retomemos la idea de trama, donde lo singular no es sin lo colectivo. Esta niñita responde porque hay en ella rastros del deseo de sus padres; y porque hay en ella una decisión de no desoír esos rastros. Y, también, porque hubo abuelas decididas a encontrarla. E instancias jurídicas. Y civiles. Y una analista decidida a escucharla dejándose tomar por lo que la niña planteara. Es decir que hubo Otro con el que contar para no quedar en el mayor de los desamparos, bajo la presencia masiva de un otro intrusivo, abusivo.

Pero no se trata sólo de que hubo Otros con los cuales contar, sino, también, de que los hubo reclamado el acto civil y ético de la restitución que se completa con la decisión de la niña. Eso constituye país.

Un derecho es humano en tanto no es individual; en tanto no sólo compete a quien es víctima directa, sino también a toda la ciudadanía. La restitución es un acto que se le debe a cada víctima, pero también a toda la comunidad. Si no, nos quedamos todos perdidos como la pollita al principio del relato: viviendo sin enterarnos en una casa ajena, en un país ajeno; peor aún, expropiados de país, sin poder volver y reclamando que se nos respete el derecho... a ser rehén.

* Psicoanalista. Extractado de un trabajo presentado en el III Seminario Internacional Políticas de la Memoria “Recordando a Walter Benjamin. Justicia, Historia y Verdad. Escrituras de la Memoria”, Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, octubre de 2010.