Clara, en esta foto Diana tendría unos 13 años. Por esa época era alumna de Chicha en el Liceo Victor Mercante de La Plata. No imaginaba que un futuro iba a compartir el resto de su vida junto a tu papá Daniel Mariani y que fruto de ese inmeso amor nacerías vos. Lo primero que Daniel dijo de tu mamá fué era muy alegre, risueña y cariñosa. Ella era alta y delgada, tenía piel clara, cabello ondulado, ojos color miel, una hermosisma sonrisa, caminaba siempre apurada y se le patinaba un poco la letra "ese" al hablar.
Todos heredamos rasgos genéticos de nuestros padres... quizas en algunos de estos encuentres algo de vos.
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martes, 24 de julio de 2012
jueves, 19 de julio de 2012
Isabel Carlucci de Fina
Otra identidad ha sido corroborada por los trabajos que se realizan en el Cementerio La Piedad. Restos que ahora se sabe bien son de Isabel. Tenía 23 años Isabel Carlucci de Fina cuando fue secuestrada y asesinada en agosto de 1976. Su cuerpo fue arrojado al río, emergió y luego fue enterrada como NN en La Piedad. Su hijo Iván habló con Rosario/12 sobre la historia recuperada.
[José Maggi] Isabel Carlucci de Fina, tenía 23 años el 10 de agosto de 1976 cuando fue secuestrada por un grupo del Ejército en Capitán Bermúdez. Al igual que Marité Vidal su cuerpo apareció flotando en el río Paraná en setiembre del mismo año -con evidentes signos de tortura y un embarazo de seis meses cuyo destino es incierto- y fue sepultado como NN en el cementerio La Piedad. Luego de un arduo trabajo de dos años y medio la fiscal federal Mabel Colalongo y Miguel Nieva del Equipo Argentino de Antropología Forense, la identificaron y entregaron sus restos a su hijo Iván Fina, abogado y responsable local de la oficina de Abuelas.
La causa se inició a partir de un relevamiento realizado por la Unidad de derechos humanos en los libros de registro del Juzgado Federal Nº 1 de Rosario que incluían el período 1975 1983. A partir de allí surgió la existencia de dos causas ubicadas en septiembre de 1976 por la aparición de dos cadáveres en el Río Paraná: el del 10 de setiembre resultó ser Isabel Carlucci y el del 12 Marité Vidal.
La causa actual se inició puntualmente en el mes de octubre de 2009, luego del relevamiento de la documental, los informes de rutina y se designó perito a Miguel Nieva: “En este caso puntual no se tomaron huellas dactilares ya que los cuerpos estaban en avanzado estado de descomposición y no era posible hacerlo. Por lo tanto se realizó solo una autopsia, y se enterraron como NN en el cementerio La Piedad”, explicó el antropólogo. “Y si bien las autoridades del cementerio decían que los restos ya habían pasado al osario, teníamos indicios de que no hubiese concretado, por lo cual excavamos estas dos sepulturas. Había restos diversos, y se separaron a aquellos pertenecientes a una mujer de poco más de 20 años”, agregó Nieva. En el mes de mayo de 2010 exhumó las sepulturas Nº 131 del Solar 75 que contenía los restos de Carlucci y el 135 Solar 75 donde estaba Marité Vidal, recuperándose los restos óseos correspondientes.
[José Maggi] Isabel Carlucci de Fina, tenía 23 años el 10 de agosto de 1976 cuando fue secuestrada por un grupo del Ejército en Capitán Bermúdez. Al igual que Marité Vidal su cuerpo apareció flotando en el río Paraná en setiembre del mismo año -con evidentes signos de tortura y un embarazo de seis meses cuyo destino es incierto- y fue sepultado como NN en el cementerio La Piedad. Luego de un arduo trabajo de dos años y medio la fiscal federal Mabel Colalongo y Miguel Nieva del Equipo Argentino de Antropología Forense, la identificaron y entregaron sus restos a su hijo Iván Fina, abogado y responsable local de la oficina de Abuelas.
La causa se inició a partir de un relevamiento realizado por la Unidad de derechos humanos en los libros de registro del Juzgado Federal Nº 1 de Rosario que incluían el período 1975 1983. A partir de allí surgió la existencia de dos causas ubicadas en septiembre de 1976 por la aparición de dos cadáveres en el Río Paraná: el del 10 de setiembre resultó ser Isabel Carlucci y el del 12 Marité Vidal.
La causa actual se inició puntualmente en el mes de octubre de 2009, luego del relevamiento de la documental, los informes de rutina y se designó perito a Miguel Nieva: “En este caso puntual no se tomaron huellas dactilares ya que los cuerpos estaban en avanzado estado de descomposición y no era posible hacerlo. Por lo tanto se realizó solo una autopsia, y se enterraron como NN en el cementerio La Piedad”, explicó el antropólogo. “Y si bien las autoridades del cementerio decían que los restos ya habían pasado al osario, teníamos indicios de que no hubiese concretado, por lo cual excavamos estas dos sepulturas. Había restos diversos, y se separaron a aquellos pertenecientes a una mujer de poco más de 20 años”, agregó Nieva. En el mes de mayo de 2010 exhumó las sepulturas Nº 131 del Solar 75 que contenía los restos de Carlucci y el 135 Solar 75 donde estaba Marité Vidal, recuperándose los restos óseos correspondientes.
Según especula Nieva se optó por esta forma de “disposición final tal vez porque los cuerpos tenían signos de violencia muy fuerte y no podían aparecer en un enfrentamiento fraguado, por lo cual se decidió arrojarlos al río, envueltos en lona, fondeados con pesos atados. Y por alguna razón, el mismo río los devolvió y los sacó a flote. Es cuando la Prefectura los rescata del agua, y deja constancia en la comisaría del hecho”.
En el mes de julio de 2010 asumió la doctora Mabel Colalongo como titular de la Unidad. El 22 de setiembre se agregaron los partes de inteligencia del Archivo Intermedio del Archivo General de la Provincia de Santa Fe, cuyas copias fueron obtenidas por la fiscal. Se trataba de toda la documentación allí obrante, a partir de las cuales se pudo acceder a documentación confeccionada por la llamada “comunidad de inteligencia”. La documental fue analizada por su secretario Andrés Montefeltro.
El parte puntual del caso Carlucci indica “Informe de Inteligencia Diario Nº 3128/1976, fecha el 10.09.1976 al 13.09.1976. 3. Factor subversivo: a. Unidad Regional II (Rosario). (…) 4. Cadáver: a) El 11set76 personal de la Seccional 11º. Con colaboración de la Prefectura Naval Marítima de la ciudad de Rosario, procedieron a sacar de las aguas del río Paraná a la altura de la calle Gutiérrez, un cadáver del sexo femenino…”
Dentro de las medidas tomadas en el expediente se requirieron informes sobre el personal de la Comisaría 11º, informes de las empleados y jefes del Registro Civil que intervino en la partida de defunción NN, se tomaron testimoniales a los peritos odontólogos que oportunamente habían hecho la pericia sobre el cadáver: Pedro José Bollini y Donaldo Juan Feser y asimismo a quien en la época de los hechos era el director de la morgue Oscar Gervasio Sánchez.
En junio de 2011, Nieva presentó el informe de identificación correspondiente y se le notificó al hijo de Isabel Carlucci. El 30 de mayo de 2012 se concluyeron la totalidad de las medidas y se notificó a los familiares para entregar los restos.
Su hijo Iván la recuerda a su manera. “Isabel era mi mamá con todo lo que eso implica: la persona que me deseó, que junto con mi papá, hacían lo que pensaban para darme un futuro mejor. Uno sabe que estas cosas duran para siempre, más allá de lo que suceda. Isabel tenía 23 años, era militante del PRT/ERP, al igual que mi padre Víctor Hugo Fina. Mi madre era estudiante de Ciencia Política, y una mujer muy linda y muy querida”.
“Mi madre era empleada administrativa en Capitán Bermúdez de un taller mecánico que era como un service de autos de una concesionaria, que era de su cuñado y mi tío Roberto Mondoni. La firma era Antonio Mondoni SRL. Según me contaron fue un operativo bastante grande, llamativo en una ciudad pequeña, todos vieron algo y contaron. Un poco lo que pude reconstruir es por sus relatos. En principio lo que supe es que ese día la van a buscar, en un primer momento la confundieron con otra persona, y finalmente se la llevaron”.
La historia de Isabel, sin embargo sigue arrojando una duda sobre su hijo: el embarazo de seis meses que cursaba. “Era un embarazo avanzado pero tal vez no lo suficiente para dar a luz, más aún en las condiciones en las que debe haber estado. Por otro lado tampoco hay manera de afirmar científicamente, que este embarazo no se concretó, así que la posibilidad sigue abierta y mi sangre así como la de toda mi familia seguirá en al Banco de Datos Genéticos”, reconoció Iván.
Paralelamente la justicia federal siguió investigando las responsabilidades sobre las muertes de Carlucci y Vidal. Se remitieron los antecedentes a la causa “Klotzman…y acumulados”, a la que oportunamente se había acumulado la causa “Diaz Bessone, Ramón Genaro sobre privación ilegal de la libertad y homicidio a partir del pedido de la fiscal Colalongo en febrero de 2011, y que Rosario/12 publicara el 13 de marzo de 2011 bajo el título “Los últimos días del Ejército Revolucionario”.
Por todos estos hechos denunciados en febrero de 2011 que se acumularon a Klotzman- entre ellos los de Carlucci y Vidal al día de hoy se encuentran procesados: Jorge Rafael Videla, Ramón Díaz Bessone, Julio Ezequiel Franciulli, Eitel Aramis Ferreira, José Javier De La Torre, Alfredo Sotera, Jorge Alberto Fariña, Heriberto Lavallén, Marino Héctor González (Comandante de Cuerpo, Estado Mayor de II Cuerpo, integrantes del destacamento de Inteligencia 121) y Jorge Alfredo López, y los ex policías Federico Almeder y Rubén Oscar Jaime, Langlois, Lopez y Coronel. A su vez, se apeló la falta de mérito de otros cinco militares imputados: Horacio Guillermo Canestro, Edgardo Antonio Faur, Roberto Oscar Galuppo, Roberto Fossa y Enrique Benito Laurenti. También fue ordenada la detención de otros integrantes de la Policía Federal. Todos ellos por privación ilegal de la libertad, tormentos agravados, y homicidio entre ellos de Isabel Carlucci, Victor Fina, Marité Vidal, entre otros
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domingo, 22 de abril de 2012
Falleció Irma, integrante de Abuelas. El adiós sin ver a su nieto
Irma Ramacciotti de Molina
El adiós sin ver a su nieto
En Córdoba fue una de las fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo y de Familiares de Detenidos y Desaparecidos. Murió el mismo día en que se cumplía un nuevo aniversario de la desaparición de su hija Lucía, secuestrada cuando estaba embarazada de cuatro meses.
Por Alejandra Dandan
Irma Ramacciotti de Molina murió el sábado a la noche en Córdoba. Hacía 36 años que buscaba a su hija Lucía Esther Molina, secuestrada en 1977 con un embarazo de cuatro meses. Con Lucía también se llevaron a su nieto Santiago, que había nacido un año antes. Irma logró recuperar a Santiago peleando a brazo partido, como recuerdan sus compañeros, en la Casa Cuna de La Plata, pero nunca pudo saber nada del bebé que debió haber nacido en septiembre del ’77. Ella fue una de las fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo en Córdoba y era hasta ahora una de las pocas sobrevivientes. Formó parte de la creación de la asociación Familiares de Detenidos y Desaparecidos por Razones Políticas de Córdoba. El sábado, cuando murió, después de una larga enfermedad, se cumplía un nuevo aniversario de la desaparición de su hija.
“Tal vez es una causalidad –dice Sonia Torres, una de sus compañeras, la única sobreviviente de aquellas Abuelas de Plaza de Mayo de Córdoba que comenzaron con la búsqueda de sus nietos–. Ahora, durante la despedida, dije algunas palabritas, y le dije a Irma que tal vez ‘Lucía te vino a buscar el mismo día que se la llevaron a ella; o a lo mejor vos te quisiste ir a encontrarla, porque mirá qué casualidad, a mí me parece que es algo indicativo.”
Irma era maestra y llegó a ser directora de escuela. También era poeta. Para abril de 1977, su hija Lucía estaba en la localidad de Villa Ballester, en la zona norte del Gran Buenos Aires. Con ella estaba su hijo Santiago, nacido en 1976 e hijo de su primer compañero, José Luis Nicola, asesinado el 27 de marzo de 1976. En Villa Ballester vivían con Rodolfo Goldín, su compañero. Militaban en la OCPO (Organización Comunista Poder Obrero). Ella llevaba cuatro meses de embarazo de un bebé a quien pensaba llamar Andrés o Andrea. Los secuestraron el 21 de abril. Los vieron en El Vesubio. A Rodolfo lo asesinaron el 23 de mayo y su cuerpo apareció con el de otras 15 personas al día siguiente, en lo que se conoce como la Masacre de Monte Grande. La página de Abuelas de Plaza de Mayo indica en cambio que Lucía y su hijo o su hija, que debió nacer en cautiverio alrededor de septiembre de ese año, continúan desaparecidos.
“Cuando secuestraron a Lucía también se llevaron a Santiago –sigue Sonia–. Y a Irma no le querían dar a su nieto. Tuvo que luchar a brazo partido hasta que consiguió tenerlo con ella. Lo habían dejado en la Casa Cuna, pero las monjas no se lo querían entregar. Hizo miles de viajes hasta que se les ocurrió devolvérselo, porque eso era una lotería: dependía de quién se había hecho cargo del chico.”
Pese a que no hubo más noticias sobre qué sucedió con Lucía, Sonia está convencida de que no volvieron a llevarla a Córdoba. “No la trajeron –dice–. El genocida de acá, Luciano Benjamín Menéndez, tenía diez provincias a su cargo: a las desaparecidas las hacía rotar de norte a sur para que nunca las pudiéramos encontrar, pero lo que no previó era la constancia que íbamos a tener las madres, que es lógico, ¿no? Si un hijo te desaparece, lo vas a salir a buscar.”
“Las embarazadas de Córdoba fueron más de 22 –recuerda Sonia–, pero militamos pocas abuelas. Con Irma salí muchas veces a buscar a nuestros nietos. Tenía un gran empuje y no la amedrentaba nada. En general, las abuelas somos así: a quien le han robado un hijo no mira los peligros, va adelante en busca de lo que piensa. Nosotras hicimos un pacto de vida con nuestras hijas, que es buscar a sus hijos, y de esa forma reivindicar la lucha por la que ellos murieron. Irma lo tenía muy claro. Hace años que trabajaba para eso.”
La institución Abuelas de Plaza de Mayo de Córdoba manifestó en un comunicado la “profunda tristeza” por su muerte. “Con amor, constancia y esperanza, Irma recorrió cada rincón del país buscando a su hija”, señalaron. En la página de Hijos de Capital Federal, anoche volvieron a hacer oír la carta que aquella mujer le escribió hace tiempo a esa nieta o nieto que todavía siguen buscando. “Querido nieto o nieta, naciste en septiembre como un brote de vida que mitiga el invierno. Han pasado muchas primaveras, sin embargo la más deseada aún no llegó. Con tu hermano te estamos buscando. Hasta encontrarnos, tu abuela.”
Irma tenía otros cuatro hijos. Ellos, y sus nietos, la despidieron ayer en Córdoba. Dicen que hace unos días le pusieron adelante una fotografía de Lucía. “Ay, Lucía”, llegó a decir.
El adiós sin ver a su nieto
En Córdoba fue una de las fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo y de Familiares de Detenidos y Desaparecidos. Murió el mismo día en que se cumplía un nuevo aniversario de la desaparición de su hija Lucía, secuestrada cuando estaba embarazada de cuatro meses.
Por Alejandra Dandan
Irma Ramacciotti de Molina murió el sábado a la noche en Córdoba. Hacía 36 años que buscaba a su hija Lucía Esther Molina, secuestrada en 1977 con un embarazo de cuatro meses. Con Lucía también se llevaron a su nieto Santiago, que había nacido un año antes. Irma logró recuperar a Santiago peleando a brazo partido, como recuerdan sus compañeros, en la Casa Cuna de La Plata, pero nunca pudo saber nada del bebé que debió haber nacido en septiembre del ’77. Ella fue una de las fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo en Córdoba y era hasta ahora una de las pocas sobrevivientes. Formó parte de la creación de la asociación Familiares de Detenidos y Desaparecidos por Razones Políticas de Córdoba. El sábado, cuando murió, después de una larga enfermedad, se cumplía un nuevo aniversario de la desaparición de su hija.
“Tal vez es una causalidad –dice Sonia Torres, una de sus compañeras, la única sobreviviente de aquellas Abuelas de Plaza de Mayo de Córdoba que comenzaron con la búsqueda de sus nietos–. Ahora, durante la despedida, dije algunas palabritas, y le dije a Irma que tal vez ‘Lucía te vino a buscar el mismo día que se la llevaron a ella; o a lo mejor vos te quisiste ir a encontrarla, porque mirá qué casualidad, a mí me parece que es algo indicativo.”
Irma era maestra y llegó a ser directora de escuela. También era poeta. Para abril de 1977, su hija Lucía estaba en la localidad de Villa Ballester, en la zona norte del Gran Buenos Aires. Con ella estaba su hijo Santiago, nacido en 1976 e hijo de su primer compañero, José Luis Nicola, asesinado el 27 de marzo de 1976. En Villa Ballester vivían con Rodolfo Goldín, su compañero. Militaban en la OCPO (Organización Comunista Poder Obrero). Ella llevaba cuatro meses de embarazo de un bebé a quien pensaba llamar Andrés o Andrea. Los secuestraron el 21 de abril. Los vieron en El Vesubio. A Rodolfo lo asesinaron el 23 de mayo y su cuerpo apareció con el de otras 15 personas al día siguiente, en lo que se conoce como la Masacre de Monte Grande. La página de Abuelas de Plaza de Mayo indica en cambio que Lucía y su hijo o su hija, que debió nacer en cautiverio alrededor de septiembre de ese año, continúan desaparecidos.
“Cuando secuestraron a Lucía también se llevaron a Santiago –sigue Sonia–. Y a Irma no le querían dar a su nieto. Tuvo que luchar a brazo partido hasta que consiguió tenerlo con ella. Lo habían dejado en la Casa Cuna, pero las monjas no se lo querían entregar. Hizo miles de viajes hasta que se les ocurrió devolvérselo, porque eso era una lotería: dependía de quién se había hecho cargo del chico.”
Pese a que no hubo más noticias sobre qué sucedió con Lucía, Sonia está convencida de que no volvieron a llevarla a Córdoba. “No la trajeron –dice–. El genocida de acá, Luciano Benjamín Menéndez, tenía diez provincias a su cargo: a las desaparecidas las hacía rotar de norte a sur para que nunca las pudiéramos encontrar, pero lo que no previó era la constancia que íbamos a tener las madres, que es lógico, ¿no? Si un hijo te desaparece, lo vas a salir a buscar.”
“Las embarazadas de Córdoba fueron más de 22 –recuerda Sonia–, pero militamos pocas abuelas. Con Irma salí muchas veces a buscar a nuestros nietos. Tenía un gran empuje y no la amedrentaba nada. En general, las abuelas somos así: a quien le han robado un hijo no mira los peligros, va adelante en busca de lo que piensa. Nosotras hicimos un pacto de vida con nuestras hijas, que es buscar a sus hijos, y de esa forma reivindicar la lucha por la que ellos murieron. Irma lo tenía muy claro. Hace años que trabajaba para eso.”
La institución Abuelas de Plaza de Mayo de Córdoba manifestó en un comunicado la “profunda tristeza” por su muerte. “Con amor, constancia y esperanza, Irma recorrió cada rincón del país buscando a su hija”, señalaron. En la página de Hijos de Capital Federal, anoche volvieron a hacer oír la carta que aquella mujer le escribió hace tiempo a esa nieta o nieto que todavía siguen buscando. “Querido nieto o nieta, naciste en septiembre como un brote de vida que mitiga el invierno. Han pasado muchas primaveras, sin embargo la más deseada aún no llegó. Con tu hermano te estamos buscando. Hasta encontrarnos, tu abuela.”
Irma tenía otros cuatro hijos. Ellos, y sus nietos, la despidieron ayer en Córdoba. Dicen que hace unos días le pusieron adelante una fotografía de Lucía. “Ay, Lucía”, llegó a decir.
domingo, 12 de febrero de 2012
Para Clara, de tu abuela Chicha
Clara, en esta foto estan ustedes 3 juntos. Estan en Gonnet, en casa de tu abuela Chicha. La foto la sacó ella misma..casi todas las fotos las han sacado tu abuelo Mario Teruggi y Chicha. Tendriamos muchisimas más, pero los militares, después de destrozar tu casa y la de Chicha, se robaron todas.Diana, tu mamá, nació en La Plata el 3 de diciembre de 1950 y era la mayor de 4 hermanos. De chica fué a la Escuela nº 1, el secundario lo hizo en el Liceo Victor Mercante de la UNLP y luego estudió Letras en la facultad.
Daniel, tu papá, nació en Mendoza el 11 de enero de 1948 y fué único hijo. Estudió en la facultad de Cs. Económicas de la UNLP donde se graduó como Licenciado en economía.
Ellos hicieron las primeras denuncias de la historia contra la dictadura sobre las desaparición de personas, torturas, asesinatos, falsos enfrentamientos, censuras, campos de concentración, vuelos de la muerte... y lo continúa haciendo tu abuela Chicha
miércoles, 17 de agosto de 2011
Una triste despedida
Las Abuelas de Plaza de Mayo, HIJOS y la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación manifestaron su dolor por la muerte de Virginia Ogando. Virginia tenía 38 años. A los tres, presenció cuando un grupo de tareas se llevó a sus padres, Jorge Oscar Ogando y Stella Maris Montesano, que estaba embarazada de ocho meses. Su abuela Delia Giovanola fue una de las fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo.
Virginia buscó con todas sus fuerzas a su hermano Martín, que todavía está desaparecido. Lo hizo, entre muchas otras cosas, a través de una campaña de Banco Provincia, donde trabajaba y había trabajado su padre y una página web en la que publicaba cartas. “Quiero que sepas que, por sobre todas las cosas, yo fundamentalmente te estoy buscando a vos, para que nos reconozcamos por el peso de los genes y la fuerza de la sangre”, le escribió a su hermano. “Con profundo dolor despedimos a una militante, que se fue antes de tiempo”, expresó HIJOS. “Su muerte es también un crimen imputable a los genocidas”, señaló la Secretaría de Derechos Humanos. Virginia se suicidó en Mar del Plata. Sus restos serán velados en Casa Osacar, calle 56 entre 9 y 10, La Plata.
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jueves, 25 de noviembre de 2010
Responsabilidad subjetiva de las víctimas de la apropiación
La decisión de la niña
A partir del caso de una niña, víctima del terrorismo de Estado, que fue capaz de reaccionar ante su apropiador, la autora reflexiona sobre la responsabilidad subjetiva que concierne, también, a las víctimas; al trasluz puede leerse la referencia a “jóvenes apropiados que, por el momento, consienten en ser usados como objetos de goce”.
Por Jacquie Lejbowicz *
Hoy, aquí, en la Argentina, faltan textos enteros del tejido social. Tejido roto porque hay nombres cuyos cuerpos faltan. Y también hay cuerpos adosados a nombres falsos, cuerpos expropiados de sus verdaderos nombres y de sus verdaderos lazos, y por tanto sin verdadero acceso a la vida, a estar en el mundo. Y esto no puede ser desconocido a la hora de intentar dar cuenta de lo que circula entre generaciones. Es difícil pensar que no vaya a tener efectos sociales y a producir catástrofes subjetivas el que haya todavía nietos circulando con nombres falsos, otrora niños expropiados de sus padres. Desalojados de deseos que no eran anónimos, los de sus padres, e incrustados en familias de apropiadores. Pero también tiene y tendrá poderosos efectos el deseo decidido de quienes buscan la restitución.
Tener un cuerpo incluye una dimensión jurídica que vuelva a anudarle un nombre, y la decisión cívica de restituir sujeto al religarlo a su historia, a la de quienes le dieron vida y existencia, y a sus familias. Pero también es fundante cómo ese sujeto devastado, expropiado de su historia, se decide o no a ligarse a lo verdadero. Ahí es donde se termina de efectuar la dimensión ética.
Dice Walter Benjamin: “El pasado contiene un índice temporal que lo remite a la salvación. Hay un secreto acuerdo entre las generaciones pasadas y la nuestra. Hemos sido esperados en la tierra. A noso-tros, como a las generaciones que nos precedieron, nos ha sido dada una débil fuerza mesiánica sobre la cual el pasado tiene un derecho”. Es esa fuerza mesiánica, ese heliotropismo secreto, llámese confianza, valentía, humor, audacia –según términos de Benjamin–, o llámese deseo, fuerza inconsciente, decisión del sujeto, esa fuerza es el corazón de aquello que intentan atacar los apropiadores, cuando buscan reducir al sujeto a una posición de objeto del cual disponer.
Por eso la restitución se termina de efectuar verdaderamente cuando quien pudo salir y trasponer el límite del nombre ajeno y usurpatorio para acceder al propio, se encuentra con el deber ético, como sujeto de derecho, de dar testimonio. Ese testimonio es un renacimiento del sujeto que le permite volver a la vida y al mundo cuando lo que intentaban era reducirlo a lo in-mundo. Los testimonios de quienes salieron de los campos de extermino nazi –Robert Antelme, Primo Levi, Jorge Semprún–, cada uno con sus particularidades, dan cuenta de esto.
Quien ha sido víctima también tiene una responsabilidad, un deber cuyo cumplimiento le devuelve la dignidad que se le ha intentado arrebatar.
Sin embargo, la posición de algunos jóvenes apropiados es, por el momento, la de rechazar lo que entre generaciones se transmite; consienten, por el momento, en ser objeto de goce de otros, en ser usados como hijos de alguien que dispone de progenie ajena para su perversa satisfacción personal. Deso-yen y desmienten, por el momento, el heliotropismo secreto del que Benjamin hablara, lo que reprimido debería retornar, las risas, las palabras, los olores de sus padres. En cambio, por el momento, eligen permanecer en un tormento de culpas, como quien viste una ropa interior con mugre ajena.
El psicoanálisis de una niñita, que Alicia Lo Giúdice relata en “Lo que se restituye en un análisis” (en Psicoanálisis de los derechos de las personas, varios autores, ed. Tres Haches), da cuenta de cómo una de las primeras nietas restituidas asumió, aun en su primera infancia, la tremenda responsabilidad subjetiva de retomar decidida su historia, el secreto acuerdo entre generaciones que el terrorismo de Estado le había intentado birlar. La niña, con títeres que confeccionan con su analista, va armando el siguiente relato: “Una pollita se va a pasear con sus hermanos y su mamá, y se pierde, encuentra una casa en la que había gente grande y, como la invitan a pasar, entra y se queda y se olvida de volver. El papá gallo, la mamá gallina y sus hermanos salen a buscarla pero no la encuentran. La pollita, después de mucho tiempo, se da cuenta de que se había quedado en una casa que no era la suya y decide volver. No encuentra el camino, pero después de muchas cosas logra encontrar su casa. Tenía mucho miedo de que el papá estuviera enojado, pero el gallo primero la reta, luego la perdona y la pollita puede irse a jugar con sus hermanos, a los que les cuenta todo lo que había pasado cuando se había perdido”.
Este relato le llevó varias sesiones, en las que pudo rearmar su historia y darse alguna explicación acerca de lo que le había pasado: era chiquita y sus papás no podían ayudarla porque estaban desaparecidos. Sí la pudo encontrar su abuela, “que es más famosa que yo”, dice la nena.
Esta niña, en su tremenda dignidad, se hace responsable de sí, responde cómo es que se había perdido y vivido en una casa ajena en una época en que, dice, “era un poco tonta”. Nombra así la desaparición forzada de sus padres y la voluntad poderosa de su abuela.
Responde, no porque se plantee culpable sino, por el contrario, porque no consiente en quedar en el lugar de objeto en que los captores la habían situado; decide restablecer su dignidad de sujeto y asumir, de manera dolorosa pero audaz, las consecuencias de su propia historia, armando con los pollitos el trayecto vital de la vuelta a casa.
Dice Benjamin: “Articular históricamente el pasado significa adueñarse de un recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro”. No se trata de una reconstrucción histórica punto por punto, sino de destellos, pequeños latidos en que surge algo de lo verdadero, lo que sucedió (con su borde inexplicable, imposible e inadmisible). En este caso se trata, sobre todo, de cómo lo que sucedió hizo marca en esa niña. Y, a la vez, de lo que ella va pudiendo hacer con esas marcas: producir reescrituras sucesivas de su nombre, reclamar al juez que le restituya su documento de identidad, crecer acorde a su edad verdadera y no acorde a la edad que el captor le había asignado. Retomar las marcas que sus papás dejaron.
Hay un acto último, y a la vez inaugural, que esta niña realizó y contó luego a su analista; un acto que marca un antes y un después. En una ocasión en que el apropiador la espera frente a su casa y la llama por su nombre, ella sale corriendo, pero antes se da vuelta y le saca la lengua. “Fue lo único que se me ocurrió”, dice.
La lengua es la patria y la memoria que destella y vuelve en pequeñas escenas. Dice Jacques Lacan: “El inconsciente es la manera que tuvo el sujeto de estar impregnado por el lenguaje (...), la manera en que le ha sido instilado un modo de hablar, que no puede sino llevar la marca del modo bajo el cual lo recibieron sus padres”. Aquel gesto tiene una enorme significación; ese pequeño acto simbólico de sacarle la lengua al captor, evidencia en la niña su audacia de no haber consentido al intento de arrebatarle en lo real su lengua, su nombre, su filiación, su historia. Y ese acto le señala al apropiador que es él quien ya no podrá contar con la posibilidad de su propia lengua, ya que su acto lo deja excluido de la verdadera existencia.
Retomemos la idea de trama, donde lo singular no es sin lo colectivo. Esta niñita responde porque hay en ella rastros del deseo de sus padres; y porque hay en ella una decisión de no desoír esos rastros. Y, también, porque hubo abuelas decididas a encontrarla. E instancias jurídicas. Y civiles. Y una analista decidida a escucharla dejándose tomar por lo que la niña planteara. Es decir que hubo Otro con el que contar para no quedar en el mayor de los desamparos, bajo la presencia masiva de un otro intrusivo, abusivo.
Pero no se trata sólo de que hubo Otros con los cuales contar, sino, también, de que los hubo reclamado el acto civil y ético de la restitución que se completa con la decisión de la niña. Eso constituye país.
Un derecho es humano en tanto no es individual; en tanto no sólo compete a quien es víctima directa, sino también a toda la ciudadanía. La restitución es un acto que se le debe a cada víctima, pero también a toda la comunidad. Si no, nos quedamos todos perdidos como la pollita al principio del relato: viviendo sin enterarnos en una casa ajena, en un país ajeno; peor aún, expropiados de país, sin poder volver y reclamando que se nos respete el derecho... a ser rehén.
* Psicoanalista. Extractado de un trabajo presentado en el III Seminario Internacional Políticas de la Memoria “Recordando a Walter Benjamin. Justicia, Historia y Verdad. Escrituras de la Memoria”, Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, octubre de 2010.
A partir del caso de una niña, víctima del terrorismo de Estado, que fue capaz de reaccionar ante su apropiador, la autora reflexiona sobre la responsabilidad subjetiva que concierne, también, a las víctimas; al trasluz puede leerse la referencia a “jóvenes apropiados que, por el momento, consienten en ser usados como objetos de goce”.
Por Jacquie Lejbowicz *
Hoy, aquí, en la Argentina, faltan textos enteros del tejido social. Tejido roto porque hay nombres cuyos cuerpos faltan. Y también hay cuerpos adosados a nombres falsos, cuerpos expropiados de sus verdaderos nombres y de sus verdaderos lazos, y por tanto sin verdadero acceso a la vida, a estar en el mundo. Y esto no puede ser desconocido a la hora de intentar dar cuenta de lo que circula entre generaciones. Es difícil pensar que no vaya a tener efectos sociales y a producir catástrofes subjetivas el que haya todavía nietos circulando con nombres falsos, otrora niños expropiados de sus padres. Desalojados de deseos que no eran anónimos, los de sus padres, e incrustados en familias de apropiadores. Pero también tiene y tendrá poderosos efectos el deseo decidido de quienes buscan la restitución.
Tener un cuerpo incluye una dimensión jurídica que vuelva a anudarle un nombre, y la decisión cívica de restituir sujeto al religarlo a su historia, a la de quienes le dieron vida y existencia, y a sus familias. Pero también es fundante cómo ese sujeto devastado, expropiado de su historia, se decide o no a ligarse a lo verdadero. Ahí es donde se termina de efectuar la dimensión ética.
Dice Walter Benjamin: “El pasado contiene un índice temporal que lo remite a la salvación. Hay un secreto acuerdo entre las generaciones pasadas y la nuestra. Hemos sido esperados en la tierra. A noso-tros, como a las generaciones que nos precedieron, nos ha sido dada una débil fuerza mesiánica sobre la cual el pasado tiene un derecho”. Es esa fuerza mesiánica, ese heliotropismo secreto, llámese confianza, valentía, humor, audacia –según términos de Benjamin–, o llámese deseo, fuerza inconsciente, decisión del sujeto, esa fuerza es el corazón de aquello que intentan atacar los apropiadores, cuando buscan reducir al sujeto a una posición de objeto del cual disponer.
Por eso la restitución se termina de efectuar verdaderamente cuando quien pudo salir y trasponer el límite del nombre ajeno y usurpatorio para acceder al propio, se encuentra con el deber ético, como sujeto de derecho, de dar testimonio. Ese testimonio es un renacimiento del sujeto que le permite volver a la vida y al mundo cuando lo que intentaban era reducirlo a lo in-mundo. Los testimonios de quienes salieron de los campos de extermino nazi –Robert Antelme, Primo Levi, Jorge Semprún–, cada uno con sus particularidades, dan cuenta de esto.
Quien ha sido víctima también tiene una responsabilidad, un deber cuyo cumplimiento le devuelve la dignidad que se le ha intentado arrebatar.
Sin embargo, la posición de algunos jóvenes apropiados es, por el momento, la de rechazar lo que entre generaciones se transmite; consienten, por el momento, en ser objeto de goce de otros, en ser usados como hijos de alguien que dispone de progenie ajena para su perversa satisfacción personal. Deso-yen y desmienten, por el momento, el heliotropismo secreto del que Benjamin hablara, lo que reprimido debería retornar, las risas, las palabras, los olores de sus padres. En cambio, por el momento, eligen permanecer en un tormento de culpas, como quien viste una ropa interior con mugre ajena.
El psicoanálisis de una niñita, que Alicia Lo Giúdice relata en “Lo que se restituye en un análisis” (en Psicoanálisis de los derechos de las personas, varios autores, ed. Tres Haches), da cuenta de cómo una de las primeras nietas restituidas asumió, aun en su primera infancia, la tremenda responsabilidad subjetiva de retomar decidida su historia, el secreto acuerdo entre generaciones que el terrorismo de Estado le había intentado birlar. La niña, con títeres que confeccionan con su analista, va armando el siguiente relato: “Una pollita se va a pasear con sus hermanos y su mamá, y se pierde, encuentra una casa en la que había gente grande y, como la invitan a pasar, entra y se queda y se olvida de volver. El papá gallo, la mamá gallina y sus hermanos salen a buscarla pero no la encuentran. La pollita, después de mucho tiempo, se da cuenta de que se había quedado en una casa que no era la suya y decide volver. No encuentra el camino, pero después de muchas cosas logra encontrar su casa. Tenía mucho miedo de que el papá estuviera enojado, pero el gallo primero la reta, luego la perdona y la pollita puede irse a jugar con sus hermanos, a los que les cuenta todo lo que había pasado cuando se había perdido”.
Este relato le llevó varias sesiones, en las que pudo rearmar su historia y darse alguna explicación acerca de lo que le había pasado: era chiquita y sus papás no podían ayudarla porque estaban desaparecidos. Sí la pudo encontrar su abuela, “que es más famosa que yo”, dice la nena.
Esta niña, en su tremenda dignidad, se hace responsable de sí, responde cómo es que se había perdido y vivido en una casa ajena en una época en que, dice, “era un poco tonta”. Nombra así la desaparición forzada de sus padres y la voluntad poderosa de su abuela.
Responde, no porque se plantee culpable sino, por el contrario, porque no consiente en quedar en el lugar de objeto en que los captores la habían situado; decide restablecer su dignidad de sujeto y asumir, de manera dolorosa pero audaz, las consecuencias de su propia historia, armando con los pollitos el trayecto vital de la vuelta a casa.
Dice Benjamin: “Articular históricamente el pasado significa adueñarse de un recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro”. No se trata de una reconstrucción histórica punto por punto, sino de destellos, pequeños latidos en que surge algo de lo verdadero, lo que sucedió (con su borde inexplicable, imposible e inadmisible). En este caso se trata, sobre todo, de cómo lo que sucedió hizo marca en esa niña. Y, a la vez, de lo que ella va pudiendo hacer con esas marcas: producir reescrituras sucesivas de su nombre, reclamar al juez que le restituya su documento de identidad, crecer acorde a su edad verdadera y no acorde a la edad que el captor le había asignado. Retomar las marcas que sus papás dejaron.
Hay un acto último, y a la vez inaugural, que esta niña realizó y contó luego a su analista; un acto que marca un antes y un después. En una ocasión en que el apropiador la espera frente a su casa y la llama por su nombre, ella sale corriendo, pero antes se da vuelta y le saca la lengua. “Fue lo único que se me ocurrió”, dice.
La lengua es la patria y la memoria que destella y vuelve en pequeñas escenas. Dice Jacques Lacan: “El inconsciente es la manera que tuvo el sujeto de estar impregnado por el lenguaje (...), la manera en que le ha sido instilado un modo de hablar, que no puede sino llevar la marca del modo bajo el cual lo recibieron sus padres”. Aquel gesto tiene una enorme significación; ese pequeño acto simbólico de sacarle la lengua al captor, evidencia en la niña su audacia de no haber consentido al intento de arrebatarle en lo real su lengua, su nombre, su filiación, su historia. Y ese acto le señala al apropiador que es él quien ya no podrá contar con la posibilidad de su propia lengua, ya que su acto lo deja excluido de la verdadera existencia.
Retomemos la idea de trama, donde lo singular no es sin lo colectivo. Esta niñita responde porque hay en ella rastros del deseo de sus padres; y porque hay en ella una decisión de no desoír esos rastros. Y, también, porque hubo abuelas decididas a encontrarla. E instancias jurídicas. Y civiles. Y una analista decidida a escucharla dejándose tomar por lo que la niña planteara. Es decir que hubo Otro con el que contar para no quedar en el mayor de los desamparos, bajo la presencia masiva de un otro intrusivo, abusivo.
Pero no se trata sólo de que hubo Otros con los cuales contar, sino, también, de que los hubo reclamado el acto civil y ético de la restitución que se completa con la decisión de la niña. Eso constituye país.
Un derecho es humano en tanto no es individual; en tanto no sólo compete a quien es víctima directa, sino también a toda la ciudadanía. La restitución es un acto que se le debe a cada víctima, pero también a toda la comunidad. Si no, nos quedamos todos perdidos como la pollita al principio del relato: viviendo sin enterarnos en una casa ajena, en un país ajeno; peor aún, expropiados de país, sin poder volver y reclamando que se nos respete el derecho... a ser rehén.
* Psicoanalista. Extractado de un trabajo presentado en el III Seminario Internacional Políticas de la Memoria “Recordando a Walter Benjamin. Justicia, Historia y Verdad. Escrituras de la Memoria”, Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, octubre de 2010.
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