lunes, 26 de marzo de 2012

Marie-Anne Erize

La militante modelo
(1952- Desaparecida desde 1976)

Por Flor Monfort

“Quiero esto, quiero mucho más/Quiero hijos con temple, llenos de coraje/ Para romper los vestigios/De un mundo mediocre/ Que sus padres no terminaron de cambiar.” El poema es de Marie-Anne Erize y fue rescatado en la investigación que hizo el periodista Philippe Broussard para juntar las piezas de la vida de esta militante de Montoneros, desaparecida desde el 15 de octubre de 1976. Los 24 años de su historia se pueden leer en La desaparecida de San Juan (Planeta), donde Broussard desanda su camino: una chica de clase media, de origen franco argentino, que se crió al lado de la selva misionera en un paraje llamado Wanda, con su papá, su mamá y sus cinco hermanos, donde no tenían agua corriente ni luz eléctrica. Su papá fue mutando oficios, tuvo un almacén y se convirtió en pequeño empresario, logrando mudar a su familia a Buenos Aires. Boulogne, Ciudadela y finalmente la Capital, donde los Erize se asentaron en Belgrano para que los más chicos terminen la escolaridad en el Liceo Francés Jean Mermoz gracias a una beca. Pero Marie-Anne había cursado su secundario en provincia, pupila en las órdenes del colegio Inmaculada Concepción, dirigido por las hermanas Azules Castres, una congregación de origen francés. Ahí se recibió de maestra, empezó a misionar y recorrió el país como scout (donde aprendió a “encender el fuego, armar una carpa, pescar con una botella, hacer sopa con raíces”), siempre bajo el brazo de la comunidad francesa en Argentina, que protegía a sus hijos del país elegido pero inestable. Lo hacían prohibiéndoles hablar en español en la casa, rezando, enseñándoles geografía francesa, cuenta Broussard.

Pero la particularidad de Marie-Anne es que tuvo un pie en dos mundos aparentemente difíciles de conciliar: el de la militancia y el de las pasarelas. Fue tapa de Gente en 1972, primera princesa del concurso que la revista Siete Días hizo durante tantos años (concurso del que salieron muchas modelos conocidas), Miss Punta del Este, desfiló con Manuel Lamarca (cuenta él que Marie-Anne hablaba abiertamente de su militancia en la JP y que todas sus amigas modelos, Teté Coustarot incluida, lo conocían y tomaban con total naturalidad), filmó comerciales de Jockey, de Avianca, participó como actriz en una película, iba a bailar a Mau Mau y estaba en todos los desfiles de alta costura que se hacían en Buenos Aires por esa época.

Broussard (periodista de Le Monde hasta 2005) mezcla los testimonios y documentos que fue recogiendo con cartas a la madre de Erize, a quien conoció en 2001, cuando empezó a rastrear la historia de una de las 15 desaparecidas de origen francés de nuestra última dictadura. Se disculpa con ella por las intromisiones (sobre todo por tomar el testimonio de Daniel Rabanal, líder de la FAR y novio de Marie-Anne hasta el final, a quien la familia culpa de haberla “metido” en el barro de la militancia dura) y le cuenta sus hallazgos, como los poemas.

Broussard no lo escribe directamente pero pone blanco sobre negro en un tipo de historia que hoy sorprende, aunque no debería: la militancia joven no era una excepción de nicho ni se cocinaba solamente en ambientes universitarios. Las ganas y el fervor de cambiar las cosas se habían colado en todos lados, e incluso una mujer hermosa hablaba de sus ideas, hasta donde pudo. “En la Argentina de esos años, esa actitud comprometida no debe sorprender. En el campo, ligas agrarias desafían a los propietarios de tierras. En Córdoba, los obreros se rebelan. En las parroquias de Buenos Aires, miles de jóvenes de las clases medias colaboran con los ‘curas del Tercer Mundo’ en su acción a favor de los pobres. Por todos lados, reuniones de acción y reflexión se organizan en las villas miseria, que los poderosos desprecian” le explica a Françoise Erize y con ella a todos los franceses (para quienes en definitiva está escrito este libro, donde nuestra historia parece expuesta como en un manual para chicos de primer grado).

En el ’73, Marie-Anne se aleja de los flashes y se vuelca de lleno al trabajo social, está de novia con un veterinario a quien lleva de noche y con los ojos vendados a curar a algún compañero ya de Montoneros, a poner una inyección, por los pasillos de la villa o los de la clandestinidad. Con el Padre Carlos Mugica trabaja fuerte en la Villa 31, que en ese momento tenía 5000 habitantes (siempre según Broussard) y se emplea en Austral como administrativa, hasta que en 1975 pidió ser transferida a Mendoza, adonde estuvo escondida hasta febrero de 1976, fecha en que su novio fue detenido por robar un coche. Se deslizó a San Juan y el 15 de octubre se la llevaron tres tipos de civil de la puerta de una bicicletería. Pocos días después, su familia en Capital recibiría la visita de quince armados que revolvieron la casa y se llevaron todo lo que ella guardaba ahí todavía.

Dijeron que Marie-Anne estaba condenada a muerte. Pirú, como le decían en Montoneros, se había anotado en Antropología pero no llegó a cursar una materia, el ardor militante la entretenía en el campo de batalla, en donde ella creía que tenía que estar. No es de extrañar que otras y otros que estuvieron en las páginas de Gente y Siete Días compartieran esa tarea. Tal vez 36 años es suficiente para que también esas historias salgan a la luz.